Opinion

Recuerdos de la ‘Polla’ Monsalvo en este abril sin ella y sin Festival Vallenato

Por William Rosado Rincones

No se necesitan hijos naturales cuando el folclor te brinda en adopción las más sublimes manifestaciones de cariño, eso fue lo que siempre recibió Cecilia ‘La Polla’ Monsalvo en su trasegar por la senda folclórica del Vallenato, su hogar fue la Plaza Alfonso López y luego el Parque de La Leyenda, allí levantó sus pasiones y se arrulló en medio de acordeones.

Levantada bajo el rigor de la urbanidad de Carreño en los años 40 cuando esta tierra no tenía la más mínima sospecha del auge que le esperaba, su entorno le suministraba las más sanas relaciones para conservar el espíritu provinciano intocable, bajo el influjo espiritual del Eccehomo y la virgen del Rosario.

Su formación la complementaba la rectitud en la crianza que siempre le inculcó su señora madre: doña Trine Riveira, procedente de Santa Marta, y su padre Pedro Monsalvo de la rancia estirpe vallenata, quien fue por años el director de la cárcel del Distrito de Valledupar, en donde los litigios se resolvían bajo el rigor de la palabra de los protagonistas de la justicia, entre estos, don Florentino González, conocido como ‘Papa Tino’

Tras la muerte de su padre, a Trine le correspondió enfrentar el mando del hogar, tal vez por eso, Cecilia ‘La Polla’ Monsalvo, representó en el manejo del folclor, ese matriarcado que le heredó a su madre, el que más tarde consolidó en alianza con Lolita Acosta y Consuelo Araújo, esa muchacha paralela que creció con ella en la Calle Grande, percibiendo y escuchando los olores y los sonidos del Guatapurí que bramaba con aroma de peregüetano impetuoso en su viaje desde la sierra para abrazar a su hoy moribundo amigo el río Cesar.

La Polla creció en una numerosa familia integrada, aparte de sus padres, por sus hermanos Ciro, Alfonso, Nelson ‘El Pato’, ‘El Pateto’, Julia, Leticia, ‘La Cona’y Leonor, aún existen vallenatos que no recuerdan el nombre de pila de algunos de ellos porque siempre fueron llamados por sus apodos.

Cecilia, jamás dio una puntada sin dedal, siempre tejió la armonía, el diseño de su personalidad fue el molde que le dio su madre, la que impecablemente confeccionaba las prendas en su arte de costurera para la gente pudiente del Valledupar de la época, era doña Trine, una de las más cotizadas de la región.

En ese ambiente pueblerino creció la Polla, en una plaza en donde casi todos eran familias su padre, Pedro Monsalvo, era hermano de Julio, y Lucas Monsalvo, además primo de Santander Araújo, padre de Consuelo, es por eso, por lo que tuvieron tanta química, porque aparte de la vecindad, llevaban la misma sangre, esa que siempre les hirvió en las venas por el vallenato que lograron sacar adelante.

El cielo de abril que tradicionalmente acoge el amarillo de los últimos cañaguates por florecer, el año pasado, le dieron un permiso al ocaso para que despejara las nubes y permitiera que esta guerrera de la cultura corriera a abrazarse con los gestores de la escritura de esta tierra que se llama folclor vallenato y que habían partido primero a la eternidad.

Paciente y Complaciente

Con ‘La Polla’, se fue la paciencia y la tolerancia, el polo a tierra que frenaba los huracanes que se tuvieron que sortear por parte de los adeptos al dios Eolo que nunca dejaron de soplar brisas de envidia en aras de destruir la barca que buscaba llevar a buen puerto a esta música que aún sigue teniendo sus detractores.


Cecilia Monsalvo Riveira, amó tanto al vallenato que no solo se conformó con ver la ejecución de los cuatro aires, ella conocía por ser nacida en el corazón del pueblo, que existían otros elementos que hacían parte de la idiosincrasia y que por tanto se debían rescatar como en efecto lo hizo con el baile del pilón, conocía al dedillo los movimientos de caderas que adornaban la estructura corporal de la mujer vallenata y por eso los quería ver danzar en el Festival Vallenato.

Fue así como hizo esa propuesta y lo logró, el eco de la directiva del certamen fue unánime y así las polleras y las trinitarias se inocularon en el cromosoma folclórico del Festival Vallenato como una secuencia de aquellos momentos en que lo hacían en los salones de bailes en los carnavales bajo la egida de otro vallenato raizal: Evaristo Gutiérrez, y una bailadora de tabaco, Lola Bolaños.

La idea pronto fue una realidad que creció como los laureles a orillas del río Cesar y en poco tiempo se constituyó hasta estos días en uno de los atractivos más significativos de Valledupar, que no solo esboza el valor cultural de esta tierra, si no que se convirtió en una empresa generadora de trabajo en la región. Cientos de metros de telas, platones o bongos, pilones, sombreros concha de jobo traídos de Cascajal Bolívar, y guaireñas, son parte de esa economía que mueve la solvencia de muchas familias, aparte de la mano de obra para músicos que gozan en el recorrido los interminables versos de una danza que sabe a chiricana y dulce.

A esta Cecilia Monsalvo, la de la sonrisa amplia como los fuelles de un acordeón, se le agradece el retorno de las bandas de músicos de viento, o bien llamadas ‘Papayeras’, que en el Valledupar de ayer engalanaban los salones de Delio Cotes, Víctor Cohen, o Marcelo Calderón en los ya pretéritos e irretornables carnavales, cuando los amores empotrados en un capuchón le daban rienda suelta al frenesí de las pasiones.

Por eso en su jefatura de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, en los años 2002, 2003 y 2004 organizó el Festival de Música Vallenata en Bandas, como evocación de aquellos momentos y en cuyo espacio, los vallenatos vieron desfilar una gran cantidad de grupos de diversos lugares del país especialmente de la sabana.

Era un homenaje anónimo también para las legendarias bandas locales que antes de que se posesionara el vallenato, eran las encargadas de amenizar los bailes en la naciente ciudad de Valledupar, entre otros: Los Picapiedra y músicos como Abelito Verdecia, Claudio Cotes, Rafa Zuleta, Hugues Maya, Reyes Torres, Néstor y Olaya Aramendiz. Infortunadamente por cuestiones presupuestales no se siguió con esta gesta, pero ahí quedó la huella de ‘La Polla’.

También hay que recordarla por haber creado la categoría de acordeoneros juveniles en el 2003, estaba tan sintonizada con las etapas del vallenato que se dio cuenta de la inmensa brecha que quedaba entre la categoría Infantil y la Aficionada, entonces, para que esos jóvenes no perdieran la secuencia se fundó esta franja que le da un mayor dinamismo a los concursos.

Fue gestora también de la creación de la Fundación Escuela de Música Rafael Escalona Martínez en 1999, La ´Polla’ le trasmitió la idea a Consuelo Araújo Noguera y se cristalizó de inmediato como una manera de darle oportunidad al inmenso semillero de artistas que se dan en esta región, siempre orientados por profesionales maestros que dan fe de su crecimiento, y el salto a las categorías de mayores y profesionales.

Hoy en vísperas del abril que este año no tendrá acordeones por un virus coronado que le ganó la piquería a la soberbia humanidad, se recuerda a esta gran mujer del folclor, y quien se llevó 8 décadas de folclor envueltas en su traje de pilonera a ese viaje sin retorno, gran parte de esos años dedicados al vallenato el que tanto se gozó, disfrutó y hasta sufrió por las inevitables pedradas que suelen darles a las especies que dan frutos dulces. Paz en su tumba.